
Georges Henri Lemaître fue un astrofísico y sacerdote belga que en 1931, propuso la idea que el universo se originó en la explosión de un «átomo primigenio» o «huevo cósmico». Dicha explosión ahora se llama la teoría del Big Bang.
Según esta teoría, el Universo se originó en una singularidad espaciotemporal de densidad infinita y físicamente paradójica. Desde esa explosión inicial, el espacio se ha expandido desde entonces hasta formar el actual universo conocido.
Santo Tomás de Aquino, en su obra Summa Theologiae propone cinco vías para demostrar la existencia de Dios. Una de ellas atañe al hecho de que Todo lo que sucede ha de tener una causa. Es decir: o la gallina o el huevo o un algo intermedio tuvo que ser primero.
Podemos remontarnos en las cadenas de suceso-causa-suceso hasta tiempos casi inconcebibles y nos toparemos que la astrofísica se aproxima y no llega, a un momento cero. Un momento en el que se desarrollan todas las dimensiones (incluido el tiempo) a partir de la singularidad original.
Sin embargo, aún queda el interrogante de Qué provocó la singularidad única, Qué inició el Big-Ban. Al intentar responder esta pregunta, nos topamos de bruces con la paradoja de que, si "aún" no existía el tiempo no podía existir ni causa ni suceso causante.
La solución a este enigma radica que en la concepción moderna, tenemos una sola palabra para significar "tiempo".
Los griegos tenían dos: chronos y Kairos. Chronos es el tiempo del reloj, el tiempo que se mide. Kairos es “el momento justo”, no es el tiempo cuantitativo sino el tiempo cualitativo de la ocasión, la experiencia del momento oportuno. Los pitagóricos lo llamaban la oportunidad. Para Proclo (filosofo griego) y para ciertos pitagoricos, Kairos es la primera causa. Kairos es el tiempo en potencia, tiempo atemporal o eterno.
Todos experimentamos en nuestras vidas la presencia del kairos, la sensación de que llegó el momento adecuado para algo muy concreto. Un tiempo acronológico y sin prisas, pero a su vez profundo e inevitable.
El momento de Lemaître, coincidió con el descubrimiento de la radiación de fondo de microondas cósmicas, que garantizan la certeza de su teoría.


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